Reflexiones de un ciudadano: 004-LCEC-05-05-2010
“Las cacascan de Madrid”

   ¡Ay! Sr. Alcalde, hay por ahí, en determinadas calles, plazas y parques de Madrid, un determinado “algo” que hace que los madrileños y visitantes con experiencia, caminen cabizbajos, mirando al suelo, algo así como si estuvieran humillados o portando una pesada carga sin merecerla.
   Podría pensarse que se tiene precaución para no caer en una zanja, pero creo que no es por este motivo, aunque también puede que sí.
   Por otro lado, también podría ser que los ciudadanos de Madrid vayan pensando en los impuestos y tasas que se ven obligados a pagar, en las denuncias que, por cualquier motivo, caen implacables sobre ellos y les sangran los bolsillos ya bastante mermados e, incluso, en la penúltima“joyita” con la que nos ha obsequiado su Excelencia: la Tasa por restación del servicio de gestión de residuos urbanos.
No, en esta reflexión no se ha considerado que el comportamiento antes citado sea por este motivo, aunque razones no les faltarían. Respecto a su penúltima “joyita”, sí excelencia, lo de la tasa por el servicio de la gestión y todo eso, espero reflexionar sobre el tema y, si Dios me lo permite, exponer el resultado de la reflexión en su momento. Vaya por delante, Excelencia, que esta tasa la considero presuntamente ilegal y, desde luego, absolutamente injusta, si se tiene en cuenta el criterio que ha tenido quien sea, del Ayuntamiento de Madrid, en la forma de aplicación de la tasa a los ciudadanos y la valoración total e individual de la cantidad a pagar.

Excelentísimo Señor, aquí me voy a referir a lo que vengo a denominar “cacascan”; sí Excelencia, cacascan. Estas cacas de can, que presentes en aceras y parques, ya tengan césped, hojas o tierra pelada, esperan quietas, impasibles como terrorista al acecho de la víctima propicia para atacar la suela de su zapato y, así, multiplicarse a cada zancada como franqueo de su mensaje. Sin acritud y con buen talante, Excelencia: ¿Se imagina a un ciudadano de Madrid caminando por la calles de la ciudad, que en determinado momento deja de vigilar el suelo que pisa y….. ¡Zas!, ataque de la cacacan.? Se lo digo por experiencia excelentísimo Señor, en cuestión de décimas de segundo, el ciudadano siente que su pie, atacado por la cacacan, se apoya en algo que cede, se introduce entre los resaltes, dibujo y/o estrías de la suela de su zapato y, a continuación, experimenta una sensación de resbalamiento, como si el piso de su zapato atacado por la cacacan, hubiera perdido de improviso la adherencia con el suelo.
   Después, Excelencia, es fácil de imaginar la reacción del ciudadano atacado por la cacacan: primero estupor con buena carga de indignación 2 de 2 contenida y, después, vuelta a humillar su figura con resignación, bajando la vista al suelo para evitar otro posible ataque de cacacan y, a hurtadillas, buscar un bordillo de acera para aliviar en lo posible la carga que le ha dejado en la suela de su zapato, el ataque de la cacacan; todo ello mirando alrededor, no se vaya a terciar el caso de que aparezca un funcionario, seudofuncionario, contratado o vaya su Excelencia a saber, y, encima, le
denuncie por ensuciar el bordillo de la acera; con lo cual, el pobre y sufrido ciudadano se lleva la cacacan en el zapato y, además, el bolsillo más ligero.
   No le quepa duda, excelentísimo Señor, de que en el caso improbable, vamos, en el umbral de lo imposible, de que este caso le pudiera ocurrir a su Excelencia, también, e igual que el ciudadano anterior, ambos, y “por uebos”, marcharían con la mirada fija en el suelo y acordándose del Alcalde de Madrid.


 

 

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